Sala III: Roma I

Conviene detenerse en los vestíbulos que separan las salas de Prehistoria y Roma para contemplar el gran mosaico de finales del siglo III que se alza sobre el muro que enmarca el acceso a esta última.

Este fragmento de mosaico procede de una de las habitaciones de la villa romana de Caserío Silverio. Se trata de la imagen de un anciano recostado que personifica al río Tíber, identificado por la epigrafía que se encuentra sobre la figura. Porta en su mano derecha un cuerno de la abundancia.

La superficie completa del mosaico de esta habitación es de algo unos 140 m2.  Entre los restos que se han conservado  destacan  varios versos fragmentados pertenecientes al libro IV de las Geórgicas de Virgilio y algunas escenas de carácter acuático.

Los versos y  la personificación del río aluden al fragmento de la obra en el que Aristeo entra en el fondo del río, a la cueva de Cirene, desde donde surgen los grandes ríos del mundo conocido. El libro termina con la diosa Cirene confiando a Aristeo el secreto de la procreación de las abejas.

Al comenzar el recorrido por este museo de la ciudad, en la primera de las salas contemplábamos cómo la presencia de Roma queda atestiguada por una inscripción de piedra con el término “ANTIK”, abreviatura de ANTIKARIA, nombre romano del que deriva el actual de Antequera. Y es que, como veremos, el pasado romano de la ciudad queda patente en buena medida por la evidencia y la importancia de su gran número de restos arqueológicos, procedentes del mismo núcleo urbano y de los nombrados yacimientos colindantes de Singilia Barba, la Villa de la Estación, Caserío Silverio y la Vega Baja de Antequera.

Procedentes de los diferentes municipios romanos localizados en las depresión antequerana como: Singilia Barba, Aratispi, Nescania, Oscua y la propia Anticaria y de las villas y sus necrópolis que se articulaban en torno a los diferentes caminos que unían este vasto territorio con la Vía Augusta.

Al entrar en la sala, lo primero que el visitante observará es que si para las culturas del Neolítico la idea de la muerte se manifestó en sus construcciones, en el mundo romano no fue diferente.

Tanto la inhumación como la incineración convivieron durante el periodo romano durante los dos primeros siglos de nuestra era, pero, a partir del siglo III termina por imponerse la inhumación, siendo más común la primera conforme se acrecentaba la influencia del cristianismo en el imperio. Prueba de ello son los vestigios arqueológicos que se muestran a lo largo de esta sala: en la primera de las vitrinas, una rica exposición de vasos funerarios; junto a esta, una amplia muestra de diversos útiles: vasijas y piezas cerámicas de terra sigillata, jarras, copas, cuencos, lucernas y utensilios cotidianos en bronce, un capitel jónico y diversos altares, realizados en materiales pétreos como calizas areniscas y mármoles y granitos, con una profusa decoración en relieve y también una ánfora de grandes dimensiones destinada al transporte del aceite que nos indica la importancia de la oleicultura en las tierras del sur de Hispania.

En el centro de la sala se encuentra el mausoleo monumental de Acilia Plecusa, un columbario del siglo II. d.C. procedente de una necrópolis cercana a Singilia Barba. La monumentalidad del mismo nos lleva a comprobar el nivel social de su propietaria y la importancia del culto funerario en la antigüedad, y por extensión, en las tierras de la Anticaria romana.

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